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1 sept. 2011

Crítica: La piel que habito

Pedro Almodóvar se ha ganado por derecho propio un lugar entre los mejores directores de del mundo. Por eso cuando estrena una nueva película se puede hablar de “acontecimiento cinematográfico”, y la llegada a nuestras carteleras de La piel que habito no es ninguna excepción. Eso supone que el nivel de exigencia a la hora de recibir y analizar sus nuevos proyectos sea cada vez más alto, lo que en principio es bastante injusto, ya que con el director manchego se utiliza una vara de medir distinta en relación con otros realizadores menos laureados a los que se da un trato más permisivo. Vaya por delante que ésta no es el mejor trabajo de Almodóvar y desde luego tampoco el peor. Un cineasta que intenta reinventarse continuamente en lugar de mecerse en la comodidad de lo conseguido con anterioridad merece un aplauso, y Almodóvar se arriesga y de que manera. La piel que habito, film inspirado de una manera bastante superficial en la novela Taràntula, de Thierry Jonquet, se podría catalogar de muchas maneras, pero jamás de convencional. Como un salpicón de géneros donde curiosamente el humor, uno de los estandartes que le ha dado fama y éxito, no tiene cabida (salvo una mínima escena descacharrante que tiene como protagonista al esta vez co-guionista Agustín Almodovar), se nos presenta un relato inquietante donde el conocido como “universo almodovariano” se torna tan oscuro como tétrico. Palabras como estirilidad y asepticismo cobran fuerza en una trama repleta de operaciones quirúrgicas, científicos locos, sangre, transexualidad y sobretodo pasión.

Aquí no desvelaremos los entresijos del alambicado guión, un libreto tan fascinante como desigual; tan sólo diremos que la mezcla de lo emocional con lo inhumano, de lo terrenal con lo imaginario (no en vano coquetea con elementos de la ciencia ficción), y como siempre la posibilidad del ser humano de dar vida y dar muerte a su antojo atrapan y de que manera al espectador que esté dispuesto a entrar en el juego. Quizás ahí radique uno de los errores más significativos de la propuesta. Desde un principio se exige una demanda de atención para poder ir desenmarañando todas las capas que se van apuntando, pero esta petición coincide con el que es el pasaje más débil del film, aquél en el que hace acto de aparición en escena el hijo brasileño de Marisa Paredes, al que da vida Roberto álamo. Las pasiones se desbordan de forma demasiado apresurada, y la falta de contención demostrada más que atrael repele. Tras este primer tramo decepcionante, asistimos a la mejor parte de la función. El tiempo presente y el pasado se funden de forma majestuosa; Almodóvar agarra con fuerza ese mismo escarpelo con el que antes sólo había tonteado y convierte lo visceral en pura belleza.

Su cine es rutilante, con un cuidado del encuadre sólo al alcance de los más grandes, y con una dirección de actores sublime en la mayoría de ocasiones, sobretodo en el caso de Elena Anaya, en el que es sin duda uno de los mejores papeles de su carrera y de Jan Cornet, un actor que más que apuntar maneras se convierte en una auténtica revelación. Es una pena que ni Antonio Banderas, demasiado obsesionado por ofrecernos un registro antagónico al que nos suele tener habituado (culpa en parte del propio director, obsesionado porque el actor no se desbocara y se le fuera de las manos dados la cantidad de tics acumulados desde que se dejara convencer por los cantos de sirena del star system) ni el resto de personajes secundarios, unas veces prescindibles y otras muy desaprovechados (Eduard Fernández y Blanca Suárez quedan demasiado al margen) estén a la altura de sus compañeros de reparto.

Por último, en el debe del film hay que añadir algunas incoherencias del propio guión (mueren demasiados personajes, que suele ser el recurso más fácil de resolver los cabos sueltos de una historia) que restan credibilidad al conjunto, y algunos problemas con el atrezzo (ese laboratorio donde tienen lugar las intervenciones y demás experimentos es del todo rocambolesco), mientras que en el haber hay que comentar que esta película es un auténtico festín para los cinéfilos, que se lo pasarán bomba reconociendo las infinitas influencias y guiños que se ven en pantalla, desde Mi querida señorita, de Jaime de Armiñán, pasando por La isla del Doctor Moreau, de Don Taylor, El coleccionista, de William Wyler, el Vértigo de Hitchcock y algunos aspectos de cintas de la época del expresionismo alemán.

TRÁILER

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