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17 sept. 2011

CRÍTICA: El árbol de la vida


SINOPSIS: Años 50. Los O'Brien reciben la noticia del fallecimiento de su hijo de 19 años. Católicos, descendientes de irlandeses, se replantean el sentido de su vida y, cada uno, reacciona de modo distinto.

Hablar de El árbol de la vida no es hablar de cualquier película. Ante un producto tan original, tan sorprendente, tan radical a la hora de transformar el lenguaje cinematográfico, es preciso cambiar los esquemas mentales, renunciar a muchos de los estereotipos que, desde hace un siglo, marcó David W. Griffith cuando dijo que el cine se hacía de una determinada manera.
A Terrence Malick le importan bastante poco las reglas. Él pone las suyas. Para empezar hay que olvidarse de la convención acerca del inicio, el nudo y el desenlace. Las cosas ocurren. Punto. Pueden ser del pasado, del futuro, simultáneas. Sean Penn puede estar en el presente y, a la vez, en una especie de Juicio Final futuro, o en los recuerdos del pasado con su hermano.
La trama es sencilla: un drama familiar ambientado en los años 50. Familia irlandesa, con una acentuada religiosidad. La madre es una mujer íntegra (sorprendente Jessica Chastain), el padre no tanto (muy sólido Brad Pitt) pues maltrata a los hijos y llena de frustración cuanto toca, los hijos se sienten divididos entre el amor de su madre y la crueldad psicológica del padre.
En definitiva, la historia podría tener su parecido con Revolutionary Road o, incluso, con Mad Men. Relatos costumbristas de familias de clase media en la América de postguerra. Lo que fabrica Malick con ese material es una composición genial, descomunal, arrasadora. Porque la familia O'Brien se convierte en la condición de todo hombre, en sus miedos, sus dudas, su fe, su esperanza, planteamientos vitales, odios, remordimientos.
La oración de Mrs. O'Brien, alguien que había prometido ser leal a Dios, vacila, tiembla ante la prueba, se plantea qué gana Dios con la muerte de su hijo y si algo tiene sentido. Y, mientras sus palabras nos llegan en off, asistimos al momento de la Creación, la formación de la primera célula, volcanes, mareas milenarias, la aparición de los dinosaurios, su extinción... Del Big Bang al pequeño Jack, un adolescente sumergido en el agua que abre una puerta y viene al mundo en el momento del parto. La lógica se quiebra y se impone la asociación de emociones. A partir de ahí, las puertas significan un cambio espiritual, una tentación, una conversión, una transformación decisiva en la vida de alguien.
Malick acumula símbolos y metáforas, los diminutos pies de un bebé y los anillos de Saturno, un árbol recién plantado y el cosmos inabarcable. Jack recuerda imágenes fragmentarias con una cámara casi siempre en movimiento, como lo son los recuerdos de la memoria, diluidos, confusos, a veces ardientemente nítidos y precisos. Jack vuelve a su adolescencia, a la puerta mosquitera que se convierte en símbolo del odio al padre y que le lleva a comenzar la senda de la maldad, pareciéndose cada vez más a aquél a quien no quiere parecerse.
La estructura de la película no es tanto cinematográfica como musical, una sinfonía con sus diferentes tiempos que no cuentan una historia sino un estado anímico, espiritual, mental o como se le quiere llamar. Se trata de una autobiografía moral, las inquietudes del propio Malick acerca de Dios, de la muerte, de su lucha y elecciones entre el camino de la naturaleza y la gracia, como las monjas le dijeron a Mrs. O'Brien. Y, como sinfonía, la música es decisiva. Muchísima música clásica (Brahms, Bach, Mahler...) y la propia banda sonora de Alexandre Desplat, grandilocuente o sobria, imponente o sobrecogedora (esos tonos graves, como mazazos, como latidos de corazón, cuando la conciencia de Jack le acusa de su odio, cuando Jack reza para que Dios mate al padre, cuando roba).
Una película distinta a casi todo lo que uno pueda haber visto. Puede gustar o no. Malick se arriesga mucho, se la juega a una carta y lo sabe. Por eso, pese a su grandilocuencia, pese a sus imágenes imponentes, camina con pies de plomo, en silencio, inclinado, reverente, asustado por la grandeza de la vida, por el misterio del cosmos que le sobrepasa.
Son dos horas y veinte de metraje que, en mi opinión, hay que ver con un estado de ánimo abierto. Uno no puede ir a ver esta película como va a ver una de acción o cualquier divertimento. Es una película intelectualmente ambiciosa y exigente con el espectador. Pero, por eso mismo, puede ser muy sugerente y enriquecedora.
Lo mejor: Sus rupturas con el lenguaje cinematográfico clásico.
Lo peor: Sobran, tal vez, algunos minutos centrales, algunas anécdotas en la relación entre los hermanos.

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