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2 may. 2015

"TITANIC" (1997)_La arquitectura náutica



Hace un par de semanas, cuando todavía me deleitaba con las vacaciones de la Semana Santa en un paraíso a orillas del Mediterráneo, se emitió en la televisión Avatar, dirigida por James Cameron. No la había visto, por lo que, dada toda la cobertura que se le había proporcionado en su día y en los días previos a esta retransmisión, me propuse darle una oportunidad, a pesar de no ser una gran entusiasta del cine fantástico. No quisiera extenderme hoy con esta película que finalmente no me sirvió más que para ratificar mis reticencias iniciales, y cuyo mayor valor lo alcanzó como pretexto para el filme que encadenaron tras ella: Titanic.
 
El reloj había tocado ya las 00.30 de la noche y, exhausta tras tantos personajillos azules y argumentos manidos, me disponía a dar mi día por finalizado cuando unas imágenes antiguas en color sepia se cruzaron en la pantalla. En ellas se veía al Titanic, rebosante de personas despidiéndose efusivamente de las que hacían lo propio desde el muelle. "Un poquito más", me dije a mí misma y me incorporé en el sofá para ver a continuación unas tomas del mítico barco hundido al más puro estilo de documental. Esto bastó para que me quedara una hora más anclada en el sillón. 

Siempre me ha fascinado este titán de los mares, por el romanticismo que destila todo lo trágico. Pero al margen de las decenas de historias, reales y ficticias, como la de Rose y Jack, que rodean al Titanic, el propio barco como construcción es realmente interesante. Se trata del paradigma de una máquina habitable, que aúna los mecanismos necesarios para realizar travesías marítimas con todos los lujos imaginables de cualquier vivienda pudiente de la época. A modo de curiosidad, de sus características cuatro chimeneas sólo tres son funcionales; la cuarta se añadió para ventilación y para realzar la grandeza del navío.


 La sociedad de la época se maravillaba con semejante proeza de la ingeniería naval, tal y como se muestra en la película de Cameron. También lo hicieron los arquitectos del Movimiento Moderno, que se consolidó a partir de la década de 1920 hasta 1960, con Le Corbusier, Mies Van der Rohe y Gropius como sus mayores exponentes. La estética náutica es una de las características de esta corriente arquitectónica, fruto de la fascinación que los nuevos grandes buques provocaban en la sociedad, como también lo hacían los coches. La arquitectura se adueñó de las barandillas metálicas, los largos ventanales horizontales y las cubiertas planas y creó un lenguaje común en toda Europa e incluso Estados Unidos. Tenemos grandes ejemplos de esta arquitectura incluso a nuestro alrededor.

Casa Farnsworth (Mies Van der Rohe, 1946)
Villa Saboya (Le Corbusier, 1929)
Club Náutico San Sebastián (J. M. Aizpurua & J. Labayen, 1929)
 
También tomaron de los barcos la idea de la plataforma, sobre la que se posan las distintas estancias. Sin embargo, en los buques, como en el Titanic, esa plataforma tiene grosor, y es precisamente la que acoge la mayor cantidad de espacios. Como se muestra en el filme, en ese gran casco de acero se encontraban las hélices y las calderas, así como los largos pasillos de tercera y segunda clase que recorren en frenética huida Jack y Rose con el agua por la cintura. Finalmente, a modo de coronación, se hallaba la ya mencionada plataforma o terraza, por donde se los ve pasear a nuestros protagonistas e incluso echando escupitajos. Esta terraza se extiende de proa a popa, permitiendo así recorrer el barco íntegramente, aunque se divide por zonas adjudicadas a las distintas clases sociales. Sobre esta plataforma se alzan otras dos cubiertas, las más exclusivas.




El Titanic contaba con exquisitas estancias, decoradas en estilos que abarcaban desde el Tudor hasta el estilo Luis XV. Hemos podido familiarizarnos con la mayoría de ellas gracias a la película de 1997, para la cual se afanaron en reproducir el barco y sus circunstancias con la mayor lealtad a la realidad posible. El salón, la sala de fumadores, los camarotes, el café Parisien... todas ellas han calado ya en nuestra memoria histórica. No obstante, coincidiréis conmigo en lo más emblemático del barco y de la película: la gran escalinata del reloj donde Jack espera reposado a Rose al final de la cinta. Esa magnífica escalera imperial de madera y con motivos de hierro forjado en sus robustas barandillas, y alumbrada por una luz cenital misteriosa...


A lo mejor es porque me encuentro actualmente inmersa en mi Trabajo de Fin de Grado, que trata precisamente de una escuela de arquitectura naval, pero estoy especialmente sensible a esta historia del gran naufragio, no sólo de una gigantesca máquina y sus habitantes, sino también de las ilusiones, esperanzas y delirios de grandeza de toda una sociedad. Como muchísimas otras personas, me siento muy agradecida por la película protagonizada por Kate Winslet y Leonardo DiCaprio, puesto que, a pesar de sus posibles anacronismos y demás fallos, ha servido para familiarizarnos con los sucesos reales y también como emotivo homenaje a sus desgraciados protagonistas. Es por esto que esa noche de Semana Santa en que retransmitieron el filme no pude retirarme a dormir, viendo como se desarrollaba la trama irremediablemente hacia un final conocido y sobrecogedor. La imagen del buque insumergible partiéndose en dos no será fácil de olvidar; a pesar de construir las máquinas aparentemente más indestructibles y realizar avances tecnológicos inimaginables, siempre deberíamos contar con el factor humano, cuya imperfección natural puede desbaratarlo todo de un momento a otro. La tragedia del Titanic se debió a un error del ser humano, pero no el de no haber avistado el iceberg a tiempo, sino el de la ciega soberbia de la sociedad, que creyó que su brillante cachivache nuevo podría desafiar incluso a las fuerzas de la naturaleza. Ésta ni siquiera esperó a que finalizaran su viaje inaugural para meterlos en cintura de la manera más salvaje.
Inicio...
...y final

Thomas Andrews, el ingeniero del barco, sobrepasado por los acontecimientos


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