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13 oct. 2015

LOCURAS DE VERANO (1955)_La luz de Venecia

Acabo de regresar de mis vacaciones por Italia y, sin poder resistirme a dejarla marchar, he visto "Locuras de verano", de David Lean, por segunda vez. No recordaba su argumento ni sus personajes, sólo Venecia, esa ciudad que era entonces para mí una extraña, pero que ahora se me presenta cercana y querida. He rescatado la película sólo por ella, para reencontrarnos dos días después de mi fugaz visita.

No es Rossano Brazzi, el galán italiano, quien, a través de un romance simplón, me consigue enamorar en la película, y creo que al personaje de Katharine Hepburn tampoco, sino esa misteriosa ciudad construida sobre arenas en el mar. David Lean nos obsequia unos planos majestuosos de La Serenissima, invitándonos a pasear por sus canales y recorrer esas arcadas esporádicas que filtran la luz del sol para cobijo de amantes inquietos. Sin embargo, hay momentos en que la propia ciudad parece cobrar vida, ya que se nos ofrece su punto de vista mediante planos desde lo alto de la catedral de San Marco que abarcan toda la piazza. Venecia es, sin duda, la verdadera artífice del edulcorado amorío inverosímil entre los protagonistas de la cinta; ella es la que propicia el único escenario que torna posible el breve romance entre una maestra entrada en años con el corazón endurecido por la resignación a la soledad y un comerciante italiano en un matrimonio infeliz.
Los ojos de Venecia
Los tortolitos se encuentran en múltiples ocasiones en la Piazza San Marco, donde, en palabras de la protagonista, "se reúne media Venecia". Las hordas de turistas son también retratadas fielmente en esta película, con lo que he podido comprobar que la situación que he vivido allí era casi igual a la de hace sesenta años. En ningún otro lugar del mundo he podido experimentar con tanta fuerza el turismo en su forma más masiva y terrorífica. He podido identificarme a la perfección con la señorita Hudson en esas escenas incluso angustiosas en las que se apea del tren y la cámara de Lean la sigue mientras camina hacia la salida de la estación de Santa Luzia atropellando a todos esos turistas anónimos. Todos se enamoran de Venecia, pero cada cual lo hace de distinta manera, como sabiamente le explica Renato a Jane, quien contesta que "siente a Venecia", y es su historia de entre las de todos los visitantes la que nos muestra la película.


  

Otro gran acierto es el mostrar a este escenario natural en sus distintas formas a lo largo del día, a falta de hacerlo a través de distintas estaciones del año. Se nos muestra la Venecia de día soleado, abierta al cielo y al mar, ruidosa, llena de vida a pesar de sus construcciones nostálgicas de su pasado más esplendoroso; pero, por otro lado, la noche también tiñe las calles de Venecia y se nos presenta otra cara menos amable pero quizás incluso más real que la anterior, como yo misma pude sentir cuando estuve allí. Los canales, de día rebosantes de góndolas y vaporettos, se tornan insondables surcos negros en las calles, y las ventanas de los edificios desvencijados parecen ojos oscuros que desdeñan a los turistas irrespetuosos hacia el descanso de la ciudad. Tras el ocaso, la poca iluminación de las calles, únicamente alumbradas por los escaparates y tenues farolillos ocasionales, como se puede observar en la película, le hacen a uno estremecerse ante la constatación del hecho de que son muy pocas las estancias habitadas, y la ciudad entera parece una calavera hueca de sonrisa forzada. Diríase que sólo alienta a día de hoy para regocijo de los turistas que en ella se deleitan fugazmente para abandonarla de nuevo a su particular pantomima de lo que antaño fue.


Venecia es, en definitiva, un lugar para románticos, de lo que Lean se valió para "Locuras de verano". Jane Hudson, la protagonista, se enamora de un italiano allí, cumpliendo con el cliché, pero casi me parece que lo hace porque es la única manera en la que puede tener un idilio real con la ciudad que siempre había amado. Ésto explicaría también, en cierto modo, el abrupto e incomprensible final con Renato. En la primera media hora de la cinta, nuestra heroína se imbuye del espíritu de la ciudad en solitario, en un tête à tête sin palabras, lo cual constituye probablemente lo más auténtico de todo el filme. Jane, como los demás que consiguen "sentir" Venecia, volvería después a su vida y a sus clases en el colegio, pero con sus retinas indeleblemente bañadas en la luz de Venecia.

La llegada

La partida

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