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Reportajes

François Truffaut & Antoine Doinel: una vida en común

por Luis Gamboa

Los 400 golpes, Antoine et Collette, Besos robados, Domicilio Conyugal y El amor en fuga

Decía François Truffaut que prefería el reflejo de la vida a la vida misma. Se puede decir que entendía la vida (la suya propia) como fuente de material para sus películas, la convierte en un mero pretexto. Un “macguffin”, como explicaba Hitchcock en sus conversaciones. ¿Quién es Antoine Doinel? En “Los 400 golpes” no era exclusivamente un retrato biográfico de Truffaut. También se basaba en la vida de Robert Lachenay, el mejor amigo del joven François. Me da la impresión de que a partir de “Besos robados”, paulatinamente, Jean Pierre Leaud también aporta mucho de sí mismo al personaje.  En éste sentido, entre director e intérprete hay una relación recíproca. Una autopista de dos direcciones. Por un lado, Truffaut condiciona el destino y la vocación de Leaud, y por otro, la vida del actor determina cada vez más el comportamiento del personaje. La evolución del personaje es acusadísima. Hay quien no reconoce a Doinel en “Besos robados”. Claro. Ya no es el mismo de “Los 400 golpes”. ¡Ha crecido! Yo, personalmente, espero no ser el calco de quien fui a los 12 años. De un adolescente tardío romántico y descolocado pasa a ser en “El amor en fuga” un hombre maduro cínico y descolocado. El romanticismo está oculto detrás de esa costra de protección que han formado los años. Y Truffaut lo trata con notable dureza. A partir de “Domicilio conyugal”, un Doinel casado e instalado en una vida burguesa merece otro trato. No es tan magnánimo como de niño.
No pierde el tiempo en mostrar todo el encanto. Como si quisiera exorcizar públicamente sus propios errores, Truffaut los pone en escena en sus películas. Y es que él también se acomodó socialmente. Pero encontró la vía de escape para reflejar en pantalla estos sentimientos tan contradictorios. “Antoine Doinel, Antoine Doinel, Antoine Doinel... Fabienne Tabard... Christine Darbon”, recita Leaud frente a su reflejo en el espejo en “Besos robados”. Decía el director que quería reflejar las dudas de Doinel frente a las dos hermosas mujeres. Bien podría haber dicho “Antoine Doinel, Antoine Doinel... François Truffaut... “, como un las dos caras del universo Doinel. Pura esquizofrenia. Truffaut fue uno de los directores más importante de su época, pero eso no le llevó a realizar siempre proyectos ambiciosos. Buscó la magia, definitivamente oculta, que hay en los detalles diarios de la realidad. Parece un tópico, pero tenía la capacidad de dar la vuelta a todo ese tipo de pequeñeces cotidianas. Hay ideas brillantes por todas partes. Dos ejemplos: en “Besos robados”,  Claude Javé da una lección magistral de como untar de mantequilla una tostada, mientras que en “Domicilio conyugal” Leaud convierte una aburrida entrevista de trabajo en una lección de inglés desternillante. Doinel ha perdido a sus padres. Él quería profundamente a su madre y ella lo abandonó a su suerte. La amaba tanto que después, desengañado, nunca llegaría a amar de la misma manera a otra mujer. Es evidente que durante su vida no hace otra cosa que buscar una mujer a l su madre (la encuentra durante un tiempo en Christine) y la ausente figura paterna. Una figura redentora que le saque de la calle, como hizo André Bazin con Truffaut y éste, a su vez, con Leaud. En “Domicilio conyugal” llega a anunciar “me gustan las chicas que tienen padres amables, me encantan los padres de los demás”. Hay multitud de ejemplos de su búsqueda: los padres de Christine, los de Collete en “Antoine et Collete”, el detective maduro o el patio de vecinos de “Domicile conjugal”. “Mis padres lo son por azar y los considero como a extraños”, escribió Truffaut a los 17 años. En “Làmour en fuite”, cumplidos los cuarenta, Doinel perdona en cierta forma a su madre. En un encuentro fortuito con su amante, este la describe como un ser humano, lejos de lacial que vimos en “Los 400 golpes”. De nuevo hay un juego entre la ficción y la realidad, quizá una reconciliación tardía de Truffaut con su familia. Me da la impresión de que este tema es una de las obsesiones del director. En “El pequeño salvaje” es, de principio a fin, el argumento de la película.Naturalmente, el punto de vista de Doinel es muy masculino. Y bastante egoísta. Es un hombre con encanto que se sabe amado y que no siempre responde con tanto amor. Será por eso que las tres películas están llenas de bellas mujeres celosas.
La evolución del personaje en las tres películas está muy marcada. Y con Doinel, también Jean Pierre Leaud. En “Besos robados” es casi un adolescente recién llegado al mundo de los adultos, mientras que en “El amor en fuga” es un hombre de treinta y tantos. Iba a decir hombre “hecho y derecho”, como reza el tópico, pero no creo que el cliché se ajuste a Doinel. No me parece que deje nunca de ser un romántico bastante inmaduro. Un personaje novelesco del siglo XIX. Como Honore de Balzac.

No contento con el actor,  Truffaut vampirizaba sus memorias, las vivencias de sus allegados y todo lo que se le ponía a tiro. Personalmente, de las tres a análisis, me quedo con “Besos robados”. Las siguientes no tienen esa frescura. Si tengo que elegir entre la inmadurez de un ganso Leaud y los problemas adultos de un recién divorciado prefiero lo primero. Es una película deliciosa. La primera escena en la cárcel, su despido del ejército, la aparición de Christine entre sombras en el hotel, los seguimientos detectivescos... hay cientos de puntos a destacar. “Domicilio conyugal” es una búsqueda análoga a la del “rojo absoluto”. Es menos improvisada y más redonda que la anterior, pero me distrae el cambio de carácter de Doinel y sobre todo, el cambio de Truffaut respecto a él. Ya no hay tanto cariño, da la impresión de que la parea de siameses Doinel-Truffaut se haya desligado definitivamente. De todas maneras, es divertidísima, el patio de vecinos es un microcosmos social genial y cercano al mismo tiempo. La historia del vecino con pinta de sospechoso es otra película diferente. Tiene más de 30 años, pero antecede toda la relación y manipulación de los medios de comunicación en la sociedad, una constante en el cine actual. Para aquellos que tienen en un altar “Los 400 golpes”, el tono ligero de estas películas parece casi una blasfemia. Particularmente, la mezcla agridulce entre comedia chispeante y situaciones radicalmente tristes, me parece uno de los aciertos de la serie. Llena de contenido y violencia soterrada esas burlas a lo patético de la propia vida. Y es que no sé que sería de nosotros sin el sentido del humor. “El Amor en fuga” es un experimento en la forma, pero un poco comodón en su contenido. Ni siquiera en el material rodado para la película hay tantas buenas ideas como en las anteriores. Me parece poco satisfactorio como punto final a un proyecto tan ambicioso y fascinante. En sí mismo, sin considerar los antecedentes, es una buena película. No sé si tenía pensado continuar con las aventuras de Doinel, da la impresión de que no. En el último capítulo de muchas series americanas de televisión hacen algo similar. Montan los mejores momentos y crean un collage desigual y barato.  Destaco la interpretación de un Jean Pierre Leaud maduro como actor que ha hecho suyo a Doinel, la reaparición de Collete y el canto final al amor romántico (canción pegadiza incluida). Decía Jean Renoir que “la realidad es mágica”. Para François Truffaut sí, desde luego.

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