Me parece tirar el dinero, la verdad. Léase esto que voy a decir con todos mis respetos al ilustre Colegio de psicólogos y psiquiatras, pero para curarse las neuras, vaya usted al cine.
El cine es un arte sí, (el séptimo) pero sobre todo el cine es, digámoslo ya claramente, terapia. Quiero decir que me encanta el cine como estética, como vehículo de expresión, diría más, como rampa de lanzamiento de ideas, sentimientos y sensaciones. Pero a estas alturas del panorama, en el piso veintidós para veintitrés -por los años que tengo-, no sé cuantas películas después de la primera, creo que puedo decir que lo que realmente engancha del cine es lo que tiene de bálsamo, de medicina.
Siempre hay algún director con algún argumento genial para que mis problemas parezcan pequeños. Llorar por otros, llorar de cine, es lo más sano que se me ocurre, hoy por hoy, para una buena higiene mental. Porque el cine abraza, embauca, absorbe. Y después de todo eso, limpia.
Fíjense ustedes en una Escarlata O´hara, por ejemplo: de luto, antebrazo en el peldaño de una escalera tapizada de terciopelo, llorando a todo llorar porque Clark se va y porque además acaba de decirle a la cara que le importa un bledo. Vaya papelón. Eso sí es un desengaño, y no los pequeños malentendidos que tengo yo. ¿Qué ocurre a continuación? Que suben la música y los violines se ensañan con el espectador. Le ponen la piel de gallina y los ojos revientan de pura pena por esa pobre belleza gatuna ( las felinas llegaron después). En ese momento y parte de los siguientes, sencillamente, resulta imposible ponerse a pensar en la hipoteca.
En la butaca de un cine, inevitablemente, nos hacemos pequeños, y con nosotros, nuestros problemas. Sentados, casi escondidos en las butacas, somos espías privilegiados que ven, oyen e incluso manosean grandes pasiones, grandes dramas, vividos por grandes actores que sienten en mayúscula, porque entre otras cosas, viven sostenidos en una pantalla inmensa.
Mis queridos cineterapeutas. Les admiro y les doy gracias por saber cómo sacarme de mí misma para meterme de puntillas en unos personajes tan intensos.
La gran pantalla nos distrae no, nos protege hasta los títulos de crédito. Entonces, encienden las luces y nos sentimos –si la película ha sido buena- un poco indefensos otra vez. Yo salgo siempre aturdida y un poco enfadada, como si me hubiesen sacado de repente de un lugar cálido y acogedor para meterme en un centro comercial abarrotado de gente con el aire acondicionado demasiado alto. O como si hiciese demasiado calor y mi compañero de mesa se hubiese bebido de un trago la coca-cola on the rocks que me acababa de pedir. Afortunadamente siempre hay otra película que ver, o que volver a ver, para quitarse un poco de importancia a uno mismo.
La magia del cine no está en los efectos especiales. Está en su habilidad para hacer que durante dos horas lloremos o riamos por otros, es decir, creernos las películas y olvidarnos de nuestras peores historias.
Inténtelo al menos. Ahórrese el psiquiatra, vaya más, mucho, todo lo que necesite, al cine.
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